Datos personales

Mi foto
El hombre es el único ser vivo que tropieza dos veces con la misma piedra. Algunos parecen que quieren romper la piedra con la cabeza.

5/12/11

Como en casa


Miré el reloj. “¡Bien!”, me dije, pues parecía haber llegado a tiempo.
“¿Será aquella?” me pregunté, sabiendo que sí, que eres tú todo en todo momento.
Estabas aproximándote al semáforo, en frente de unos almacenes. Pensé en lo que me había prometido a mí mismo “Hoy voy a perder el miedo, por una vez por todas”. Te seguí, pero cuando emprendiste el paso, me quedé sin respiración.

Casi sin fuerzas. Tenía tantas ganas de ir allí, de hablar contigo, y no podía. Tenía los pies pegados al suelo, sin posibilidad de movimiento. Me puse más y más nervioso, me ardía la frente, tenía ganas de romperme las piernas e ir a rastras tras de ti. Quería gritar tu nombre y que te dieses la vuelta, extrañada, por no haber reconocido mi voz. Tantas ganas tenía, que me quedé allí, sin posibilidad de hacer nada de lo que tanto ansiaba. Desapareciste por la esquina. De pronto, me volvió la capacidad del habla, del movimiento, de todo. Volví  a ser “normal”. Entonces, crucé la carretera, aún con alguna esperanza de poder alcanzarte. O, al menos, con alguna esperanza de poder verte por un momento. No lo conseguí.

Me senté en uno de los bordillos de los escaparates. La gente me miraba raro, pero a mi me daba igual. Miré un rato para aquí y para allá, me levanté, volví a cruzar la calle, y fui a donde te había visto, aún más nervioso que antes, pero no estabas, así que de nuevo, ando por el paso de peatones hasta el escaparate. Me dio por abrir mi “Bandeja de entrada” de los SMS, y leer todos los mensajes de ánimo que me habían mandado para el día de hoy. Ese todos es bastante relativo, pues era únicamente uno.

 Entonces, escuché un “Pues claro que sí”, y miré al frente. Una voz inigualable. Única. Hasta estando con la garganta fastidiada tienes esa voz angelical y embriagadora. Ibas con 2 chicas más. Me entró el pánico, pero volví a querer levantarme de mi incómodo asiento, e ir junto a ti. Pero volví a quedarme pegado, con la voz ronca y débil. Con ese miedo que me había prometido a mi mismo perder, eliminar de mi vida. No podía creerlo. Me daban ganas de llorar, de darle un puñetazo a un cristal y que estallara en mil pedazos. Cualquier cosa, cualquier cosa que te pudiera hacer llamar la atención y que te volvieras, aunque tuviera media mano ensangrentada o un brazo roto. Cualquier cosa antes de no poder estar a tu lado. El semáforo se puso en verde. Cruzasteis mientras estabais medio hablando, y al girar vosotras la esquina, volví a recobrar mi movilidad.

 Entonces, salí corriendo tras de ti. Pero el semáforo se puso en rojo mientras estaba intentando cruzar, así que me tuve que resignar a esperar. Aunque hubiera seguido de no ser por que uno de los conductores usó la bocina para avisarme de que me iba a atropellar. Se puso el semáforo en verde y empecé a correr como loco, dándome igual todo. Con lágrimas en las cuencas de los ojos, que intenté reprimir, y que de hecho, conseguí. Miré por donde te habías ido. La nada.

Entonces, la frustración se cernió sobre mi rostro. Esperé minutos, incluso un cuarto de hora. Y entonces, empezaron a venirme recuerdos de gente que me habían contado sus experiencias con otras personas. “Lo mío, era peor, por que quedaba con ella, y me dejaba tirada”. No, tú no eras así, me negaba a creerlo. Aún guardaba un ápice de esperanza, cuando decidí irme por donde había venido. Casi corrí, y llegué al cruce por donde se iba a mi casa. Pero, no. Ni de coña. Prefería estar esperando hasta la noche allí si hacía falta. Así que me volví, y esperé otro cuarto de hora. Seguías sin venir.
Me daba miedo pensar que te habías ido. Pensar que iba a estar solo, amargado en mi casa. Pensando en ti, y sobre todo, pensando en por qué no te había detenido las dos veces que pude. Me resigne a mi triste final, y emprendí el camino a casa. Iba con la cabeza gacha, desanimado, por el hecho de haberme decepcionado a mi mismo.

Entonces, alcé la vista y no sé como, ni por qué, tú estabas allí. Con dos chicos y con las dos chicas que había visto antes. Me dí cuenta de que conocía a una de ellas. Estabais a unos, diez metros, pero no me importó. Seguí andando lentamente, quería conservar tu mirada al menos, unos segundos. Necesitaba sumergirme, llenarme de paz. Necesitaba ser yo mismo otra vez, no en el que me había convertido hace unos minutos.

Llegamos a un punto medio, en el que nos paramos y dijimos, yo primero y tú después un “Hola” y nos dimos dos besos. Hice lo mismo con las otras chicas, y los chicos nos echamos unas miradas de saludo. También conocía a uno de los chicos.

Ya estaba a salvo. Estaba en casa. O al menos, tú me hacías sentir como si estuviera en ella. 

1 comentario:

  1. Pierde el miedo de una vez,solo te hará mas dificil la vida,creeme

    ResponderEliminar